Cómo una persona puede cambiar el rumbo de otra, con su presencia.

Me paro a pensar en que ha pasado en esos años de terapia, y me viene tu imagen tranquila, sonriendo. Tu presencia me ha calado profundo.

Ir, cada semana, con todas mis partes, y tu presencia ahí, cada vez.

Diciéndome silenciosamente:

-Te veo. Confío en ti. Confío en el proceso.

Cada semana, yo venía con mil cosas, seguro de que mi vida era un caos, que las heridas de un trauma difuso, elusivo, no tenían esperanza alguna de sanar y volverse tierra fértil. Que la vida pasaba, y yo seguía sin vivirla.

Y tu mirada, tu sonrisa, tu persistencia, seguían ahí, firmes, inamovibles, como si tu supieras dentro de lo más profundo de tu ser que no sólo había esperanza, si no que tenias la certeza de que estábamos caminando hacia allí, al ritmo que sea necesario.

No me lo decías con palabras, eso no hubiera ayudado. Imagino que pudo haber sido difícil mantener esa paciencia presente, y de alguna manera, allí estabas, renovada cada vez, con ligereza, con propuestas creativas para nuestros tiempos juntos, para transmitirme esas cualidades, esa confianza.

Estabas ahí, firme, cada vez que te comentaba sobre alguna necesidad -tanto práctica como profunda-, haciendo lo que estuviera a tu alcance para ofrecerme apoyo. De una manera autentica, desde ti, desde la compasión y la presencia.

Me respondías a cada mensaje con empatía, viendo por debajo de la superficie, viendo y reflejando lo que había ahí, cuando muchas veces yo no era consciente.

Todo eso fue calando, sin darme cuenta.

Hoy lo veo en mi manera de mirarme. En mi manera de quererme. Y especialmente, lo veo en mi manera de acompañar. Siento tu mirada, en mi manera de mirar.

Te veo en mi, cuando estoy y respondo desde ahí, desde la confianza, desde el cariño, desde ver lo que hay por debajo de la superficie, viendo la esencia de la persona que tengo delante.

La sanación, fue lo que pasó mientras esperaba que algo “pase”.

Fue, una y otra vez, encontrarme con una predicción errónea:

Esperar una mirada con juicio, y encontrarme con empatía y confianza.

Esperar abandono, y encontrarme con esa presencia amorosa y persistente.

Esperar alguien que me salve, que alguien me sane, y encontrarme una y otra vez con un espejo, y una sonrisa suave y tranquila que silenciosamente me señala: Está en ti.

Gracias.

En lugar de responder a lo que pedimos, los mejores regalos nutren lo que profundamente necesitamos, aunque no seamos del todo conscientes aún.

Así se siente el regalo que he recibido de ti.

Así quiero estar para la gente que se cruza en mi camino, la gente que me toca.

Gracias.